Story

En África lo último que se pierde es la fe (Parte I)

Era viernes por la noche. Monse y yo nos habíamos quedado solas en un mítico bar de Kigali, El Republika. El sueño arrastró al grupo y fueron cayendo como pajarillos. Estábamos aún animadas, sonaba buena música y teníamos que ponernos al día de todo lo ocurrido durante la semana sentadas en una mesita de madera con muchas y diminutas luces de la ciudad de Kigali aún encendidas. Al rato, decidimos migrar hacia otro sitio y elegimos el B-Club, un bar musical nuevo en la ciudad en el que te encuentras gente tan arreglada que podrían estar en una boda y tú haberte infiltrado de repente. Obviamente, no íbamos vestidas de boda, ya teníamos dos buenas razones para no pasar muy desapercibidas. Aquella surrealista noche conocimos a personajes de muy diversa índole. Un grupo de nor-koreanos que insistían en bailar con nosotras a ritmo de vals de convivencias a los 12 años. Paradise la relaciones públicas del local, una chica delgada como una escoba, modelo, que hablaba sin cesar cual metralleta sin importarle nuestra cara de póker al no cazar palabra dados los decibelios del local. Un simpático dúo de África del Oeste de visita a Kigali para una reunión de la Unión Africana. El Dj del local, novio de mi amiga Leah resignado a pinchar la música que menos le gusta para el local en cuestión… Entre esta fauna Monse y yo ya estábamos ambientadas. Tanto es así que bajé la guardia y “abandoné” a su suerte – nunca mejor dicho – el pequeño monedero que traía a modo de bolso. Lo dejé encima de la mesita acompañado de una copa y deambulé por la terraza del local con toda la pachorra que me ha sido concebida por gracia divina. De repente, sonó una canción muy familiar: “thers nothing that a hundred man could ever do, I passed the rains down in Africa…” y todos a mover las cabezas a ritmo. Entre movimiento y movimiento recordé que mi monedero también existía y fui a echarle un ojo encima de la mesa. Ante una situación así la gente te dice…”pero como eres tan tranquila!” y no es para menos, un individuo de identidad desconocida acababa de cogerlo de encima de la mesa y había salido por patas sin dejar demasiado rastro. Empezó la persecución y se acabaron los bailes. Rápidamente fuimos a buscar a Emanuel, uno de los seguratas del local al que conocíamos desde hace unos años. Emanuel llamó a mi teléfono varias veces y alguien lo cogió, se oía una moto de fondo, lo intentamos hasta que lo desconectaron. Enseguida apareció Sam - jefe de seguridad - y con él salimos como balas en el coche de Mon a hacer la ruta del bacalao: Planet y Cadillac, las otras dos discotecas. Cuando alguien roba un monedero saben muy bien que lo primero que hará será meterse en una discoteca y gastarse todo el dinero que tiene en alcohol esa misma noche. No, ni se les ocurre por un momento meterlo debajo de la almohada. (…)