Story

En África lo último que se pierde es la fe (Parte II)

Entré con Sam en el Planet, buscábamos a un individuo de estatura media, camisa de paño amarilla y un pequeño monedero de paja, suficientemente grande para no entrar en ningún bolsillo. Ni rastro. Lo mismo hicimos en el Cadillac, eran ya las 5 de la mañana y hacía un calor insufrible ahí adentro. Una mezcla entre sudor rancio y alcohol. Observación: el suelo del Cadillac está forrado de moqueta flúor de poliéster, muy práctico para las colillas a medio apagar. Aquí si había dejado algún rastro pero llegamos demasiado tarde. En el lavabo alguien lo había visto entrar con el monedero. Le habíamos perdido. Ahora debíamos encontrar soluciones para la primera y más abultada de las consecuencias, las llaves de mi samurai. El día sólo acababa de empezar. Volvimos al punto de partida; mi coche solano en medio de una calle semi-desierta. El sol empezaba a asomar cabeza en la colina de enfrente. Emanuel había dejado a un chiquillo responsable de vigilar que nadie moviera el samurai mientras nosotros estábamos fuera. Mi cabeza se llenaba de interrogantes: - “Quién podría un sábado a las 6 de la mañana solucionar el tema de mi llave? un nuevo contacto para el smaurai? dónde, en qué taller? por cuánto dinero? cuánto tiempo tendría que dejar el coche allí? podría el ladrón venir durante ese tiempo y robármelo? quién vería el robo en medio de una calle poco transitada un sábado por la mañana que muchos están en misa?” Las preguntas danzaban incansables en mi cabeza, de mal en peor y llegó un momento que se exteriorizaron, llena de incertidumbre volqué mi angustia en Mon, Emanuel, Sam y el resto de observadores anónimos que se habían unido a nuestra pequeña reunión alrededor de un samurai azul metalizado, como si de un nuevo rito se tratara. Y entonces Mon se giró y me dijo: - “Inés ten fe, todo va a salir bien. Aquí funciona así.” Lo dijo muy convencida. Por momentos, me sentí convencida. Hacía falta un “technicien” y teníamos que encontrarlo en la calle comercial. La calle comercial estaba muerta. Sólo oímos el gruñido de algunos cuervos sobrevolando la zona y las risas de dos vigilantes subidos a un torcido andamio de madera en una obra que lleva dos años en construcción. Momento de risa floja. Llamamos a tres técnicos y uno se ofreció a ayudarnos. Eran ya las 8 de la mañana cuando apareció con una bata descolocada y dos limas en la mano. Le llevamos hasta el coche y allí ocurrió el milagro. Desmontó la puerta por dentro, sacó la cerradura. Desmontó el volante y sacó el contacto. Con una cerradura, un contacto, dos limas y una llave hojalatosa en la mano empezó el espectáculo. Un poco de lima, probando probando …la insertaba en el contacto, otro poco de lima, probando, otro poco más…(rasca rasca, triqui triqui) el proceso se alargó una media hora. Lima sobre llave y llave sobre acera. Y al más puro tacto de los tactos, en 30 minutos había fabricado una llave apta para mi coche. Yo miré incrédula y sonreí de alivio y felicidad. Ayer aquella milagrosa llave de hojalata pasó a mejor vida. Gasolinera, 7 de la tarde un miércoles, una chica coge mi llave por inercia y a fuerza bruta intenta abrir el tapón de gasolina del sumari pero “crack” en vez de entrar, la llave decide partirse. Aclaración: esa llave nunca se fabricó para abrir dicho tapón. La chica ve la catástrofe y trata de disimular rogándoles a los dioses que no nos demos cuenta. Me devuelve la llave contoneándola para disimular el cm que ya no existe. Lo cierto es que no me di cuenta hasta que – obviamente – la metí en el contacto, pequeño detalle que la chica había olvidado. Con la verdad destapada y tras 3 horas de espera volvimos a presenciar un rasca rasca, triqui triqui en toda regla. Llave nueva y esta vez, de doble cara. No hay mal que por bien no venga.