Story

un faro en Kibera

Hace una semana viajé a Nairobi por trabajo y tuve la oportunidad de adentrarme en el slum más grande de África y uno de los más grandes del mundo.Kibera,
la república de la miseria
con casi 1 millón de habitantes. - superfície: 250 hectáreas. - densidad: 2000 personas por hectárea. (1500 personas viviendo en un campo de fútbol) - la mitad de los habitantes tienen menos de 15 años. - más del 15% de la población tiene el virus del sida. (MSF) - 80% de los jóvenes están en paro. - formada por 12 pueblos, cada uno distinto en población y tamaño, topografía, cultura, etnias y religión. De la mano de la presidenta de África Digna, Mercedes Barceló, nos adentramos guiadas por Moises Oduor en el claustrofóbico e imperfecto laberinto que es Kibera. Hace meses que no llueve, la sequía vuelve a azotar el país. La basura mezcla de plásticos, deshechos orgánicos y pedazos de objetos indefinidos se acumula a nuestro paso. El olor es muy fuerte y desagradable, orina concentrada. Nos detenemos, ya hemos llegado. Moises y cuatro voluntarios más forman "ST. MAC's", un dispensario equipado con un ecógrafo que les ha cedido un centro religioso. Uno de ellos es médico y el resto asistieron hace un año a un curso impartido por el radiólogo catalán Dr.Albert Bossy de manera totalmente altruista. Presenciamos dos ecografías en dos pacientes distintas y nos explicaron minuciosamente los detalles del funcionamiento del centro. Es el único dispensario de Kibera que dispone de un sistema de agua corriente, imprescindible para mantener las condiciones de higiene. el equipo de voluntarios del centro "ST. Mac's" Moises con el hijo de una de las pacientes un ingenioso sistema para poder tener agua corriente en el centro. Tras la visita al centro "ST. Mac's" Moises y Jackson nos acompañaron a dar una vuelta por el interminable laberinto para que pudieramos conocer mejor el entorno en el que trabajan. Desgraciadamente las imágenes se quedan muy cortas. Hay que pisar un lugar así para entender que se trata de un submundo abandonado a las afueras de una de las ciudades más importantes de África. Cuando subes hacia la vía del tren que traza uno de los límites del slum, miras a lo lejos y lo único que puedes ver son techos de ojalata reflejarse en el horizonte, el corazón se te encoje y te das cuenta de que hace falta mucho valor para despertarse cada día y sumergirse en este mar de miseria con la esperanza de devolverles una parte de la dignidad que un día perdieron, un día en el que abandonaron sus pueblos en busca de una vida mejor en la capital.