Story

descubrimos otro Norte.

Avi, nunca encontramos una solución para aquel techo de asbestos. Siempre pudimos correr el riesgo, mirar hacia otro lado y seguir con el plan. Pensé en lo que tú me dirías: suficientes riesgos corréis ya, al menos no los corráis voluntariamente.
Nos pasamos 2 semanas a caballo entre una solución convincente y una casa nueva. Nuestros bultos seguían repartidos por todo Kigali. Y con tal dispersión nos sentíamos emocionalmente igual que nuestras pertenencias. Entre nada y nada.
Nos marcamos una fecha límite así que llegado el momento, nos agarramos a toda esa información valiosa que habíamos recopilado en esos días y nos enfrentamos al propietario para pedirle un reembolso (en la mejor de nuestras negociaciones conseguimos pagar 3 meses por adelantado y 1 mes en depósito).
Algo que en otro país sería evidente y casi indemnizable se pone en duda en estos parajes. Por la famosa balanza de la oferta-demanda, los propietarios de las casas en este país son los intocables y los inquilinos nos arrastramos por los suelos injustamente. Aún así, el contagioso boom inmobiliario español también ha llegado a Ruanda y la balanza está cambiando poco a poco.
El propietario no era el propietario sino un representante suyo. El individuo era un pez gordo business-man indio con “guita” para aburrir y residencia en Kampala. Vinod era nuestro hombre. Cónsul honorario de India en Ruanda así que para nuestra suerte: diplomático, adicto al yoga, alérgico a los conflictos y un hombre al que podías hacer entrar en razón sin necesidad de amenazas. El dinero llegaría de vuelta pronto. Cuando lo hiciera, tendríamos que sacar todas las cosas de la casa y encontrarles otro lugar donde caerse muertas.
Los días pasaba. Habíamos visto ya tantas casas horteras de cristales a tornasolados+columnatas griegas y tantas oficinas hibridas con humedades irreparables que en un momento poco lúcido (o muy lúcido según se mire) decidimos dejar “mille collines” y dedicarnos al “Real Estate”. Comisión a pachas y trabajar la mitad de los días. Una mitad tú, una mitad yo.

En fin que nunca ocurrió. Seguimos buscando.
Un buen día todo cambió. Debieron alinearse un par de astros a nuestro favor o si Dios existe debió pensar: “bueno ya me he divertido suficiente, vamos a darles un respiro a estos pobres chavales…”. Aunque parezca mentira, solo se necesita un día para cambiar el rumbo de todo.

El portal online de anuncios “kigalilife” informaba de una casa que quedaría libre en una semana. Pequeñita, en Kimihurura (el barrio que nos vio nacer) y barata. Sonaba como la casa perfecta para vivir. Llamamos inmediatamente y fijamos un día para visitarla.
Simultáneamente, un individuo que pescamos un día en medio de la calle hace ya mucho tiempo se cruzó de nuevo en nuestro camino. Era “comisionare”; en otras palabras, enseña-casas por doble comisión (la del propietario si tienen suerte y la del muzungu siempre multiplicada por cinco. Por si el propietario se pone chulín). Frederick era distinto de los otros comisionare que conocíamos. Era sincero, paciente y una fuente inesperada de alternativas creativas.

Una de sus creativas alternativas es hoy el Atelier de mille collines en Kigali. Una nave. Cuando la encontramos tenía solo 3 paredes, con la pasta del primer aventurero inquilino construiría la cuarta. Después, a hacerla “nuestra”.
Visitamos aquella casita y nos enamoramos de ella. Era perfecta desde todos los ángulos que la quisieras mirar. Nathalie, había vivido allí durante 4 años con su marido Carol. Ella era arquitecta y había hecho cambios en la casa que la hacían una casa completamente distinta. Con mucha personalidad y encanto.

Así fue. En tan solo un día, nuestra brújula volvía a marcar el Norte y un Norte que de no ser por esa catástrofe jamás hubiéramos descubierto.