Story

una serie de despropósitos

Uno se cree que sabe hacer diving. Sobre todo cuando llega a un trozo de paraíso en medio de todo y de nada. Un individuo corpulento del lodge al que hemos bautizado de Carlos, equipado hasta las cejas sufre el síndrome del mono tema diving y no deja de comentar lo increíbles que son estos fondos y los perro-peces (*manadas que no se asustan del humano) que ha visto cada día. Muchas ganas. Ha pasado un año ¿y? esto es como lo de ir en bici, nunca se olvida.
Por el contrario, M no sabe hacer diving. Sí, ha bajado con una botella minúscula de O2 a comprobar que el ancla este bien colocada. Lo dicho, no sabe hacer diving.
En el lodge, M emocionado se apunta a un curso para sacarse el título open water. Sufi, el instructor, es un zanzibareño arisco y temperamental con quien la última alumna pasó tan mal trago que no creo que vuelva a sumergirse en su vida. M hace grandes migas con Sufi. Repito, un instructor bruto y con muy poca paciencia. Hacen la primera clase en la piscina – un clásico -mientras madre y yo lo miramos atónitas, el chaval está como en su casa. Pancho. Hace un sol de justicia ecuatoriana.
Aquella misma tarde salimos a inmersionarnos por primera vez desde que llegamos. Es decir justo después de pasar el día de precaución tras un vuelo. Mientras comemos, le contamos a M el par de trucos que un día nuestro instructor Pitu, un hombre agradable, que habla por los codos fuera y dentro del agua, paciente y cariñoso compartió con nosotras. Que si descomprime todo el rato, que si mueve la mandíbula, que si pega los brazos al cuerpo y unos largos etc’s. Yo ya estoy rozando mi actitud chula playas y piscinas frente a mi novio. El pobre es novato, madre y yo por el contrario sabemos hacer diving.
Bien, ya estamos en la barca. Enfundados en neopreno y con cara de felicianos. M sigue pancho. Madre y yo seguimos atónitas. Carlos por supuesto, también viene y se ha traído las barracudas de la conversación de la noche anterior + 5 capas de neopreno. Oh. ¿Hará frío o será un flipado? Nos decantamos por el flipado. El barco empieza a reducir motor, momento de colocarse los últimos artilugios del equipo; gafas con escupitajo incorporado –truco archiconocido por los experimentados divers-, escarpines, patos…
“Dónde están mis patos?” – nos dice M que ya no está tan pancho.
Sufi nos mira para ver si estamos todos listos y entonces se da cuenta de la catástrofe. Su alumno no tiene patos! El arisco y temperamental instructor empieza a perder la compostura y nos lanza así en general un par de miradas asesinas. Al rato se da cuenta de que es culpa de uno de sus ayudantes que se los dejó en la piscina, eso le cabrea más. Aún así, le dice a M que ahora que ya está aquí se meterá sin ellos. Lógico. Pitu habría hecho lo mismo.
M le dice que sí y se queda tan pancho, one more time. Madre y yo rescatamos los ojos de plato, bajar sin patos es una animalada! Nosotras lo sabemos porque sabemos hacer diving.
Nos colocamos todos en el borde del barco en posición de lanzamiento de espaldas cual saco de patatas y en uno de mis momentos de comprobación paranoica del funcionamiento correcto del regulador empieza a salir aire a chorro, acompañado de un ruido muy estresante. Empiezo a hacer movimientos estúpidos para ver si con un poco de suerte el ruido para. Aquí no para ni Dios. Sufi se acerca para arreglar el pequeño principio de drama. Todo en orden de nuevo.
“Nos tiramos a la de 3 todos juntos” – dice Sufi
“Todos a la vez??” – lo que se me abre es la boca, ya tengo los ojos achinados dentro de la máscara con escupitajo incorporado. Es una animalada! Pitu nunca lo permitiría.
“Nosotros nos tiraremos uno a uno” – dice madre con serenidad.
Poff. Poff. Poff. Ya flotamos en el agua. Sufi nos llama, al parecer al tirarnos uno a uno hemos perdido 3 minutos de su paciencia y el individuo ya está gesticulando en la bolla roja portable que ha decidido colocar a unos muchos metros de distancia. No pasa nada, somos divers, sabemos acercarnos a la bolla de espaldas con el mínimo esfuerzo. M por el contrario no es diver y no tiene patos! Empieza el pataleo exhaustivo de esta operación. Imaginaros el cuadro.
Sufi nos indica con la mano el momento de sumergirse. Vamos pallá.
Empezamos a bajar pero madre no consigue sumergirse. Decido ascender para comprobar que todo vaya bien con mi padi. Madre desciende muy despacio pero al poco se queda parada. El peso no es suficiente. Sufi está en el fondo agarrando a M que dentro del agua y sin patos es como un muñeco hinchable. Sufi nos llama con la mano, empieza a perder la paciencia de nuevo. Miro a madre y le digo que vaya con calma. Con tanto subir y bajar empieza el dolor de oídos. Sufi me mira y con un gesto brusco me indica que coja a madre y tire de ella hacia abajo. Como si fuera tan fácil. Conseguimos llegar al fondo pero mis oídos no están finos. Sufi quiere colocarle más peso a madre y para tener controlado a M le hace agarrarse a un pedrusco de coral. Al poco rato M se da cuenta de que es el coral el que está agarrado a él. Ahora es un muñeco hinchable sacudido por la marea con pedrusco en mano incorporado. Eso sí, sigue tratando de hacer de sus pies un motorcillo fueraborda. No hay éxito. Llegado este punto madre y yo ya vamos acojonadas con Sufi. Tiene peor mala leche dentro del agua que fuera si eso es posible. Sufi estresado decide coger a M por el brazo y arrastrarlo como un cebo mientras M respira que te respirarás va dándole al motorcillo para tratar de avanzar horizontal. Por mucho que le aconsejáramos durante la comida que pegara los brazos al cuerpo en este caso es imposible, necesitaba pies brazos y pelos de la cabeza para mantener el equilibrio. Madre intenta poner orden y mantener al “grupo” unido pero el pataleo de M es tan aparatoso que va dejando una estelilla que (a) no nos deja ver pescado alguno – creo que con el show se han ido todos por aletas aunque según cuente Carlos son como perros y (b) nos cuesta ver la distancia de prudencia y de cada 5 pataleos recibimos 1.
Evidentemente esta inmersión termina con la reserva de M. Con 30 minutos de motorcillo se ha pulido 150 de aire. Subimos.
Madre y yo tiritando. Resulta que Carlos no era un flipado, sus 5 capas nos habrían ido de perlas. Hay una segunda inmersión. Madre y yo decidimos no hacerla y esperar al día siguiente. Murphy aprieta pero no ahoga, es primo hermano de Dios todopoderosos. Sufi mira a M, “tú sí que entraras no?” M lo mira/nos mira y dice “vale”. Los patos de la madre pasan a M que por fin podrá experimentar lo que es hacer diving. M se recoloca el material. Sufi se mira sus pies, una, dos, tres veces con cara de no entender nada. El instructor balbucea mirando a M y le señala los pies con cara de malas pulgas. Llegado este punto la paranoia le invade y empieza a creer que este “gurpo” le ha tocado para poner a prueba sus capacidades. Ahora, todos estamos mirando los pies de M. Se ha puesto los escarpines al revés! Y que se puede esperar cuando una persona es lanzada a las profundidades marinas a patalear como un desgraciado. Uno pierde el oremus.
M y Sufi completan el segundo diving sin percances significativos y todos regresamos.
Aquel día nos quedó claro que quizá hacer diving no sea como ir en bici. El primer diving de la temporada depende de si pones un Sufi en tu vida.
Aún así, acabamos haciendo migas con él. El penúltimo día vimos una madre ballena con su cría de camino al punto de inmersión. Bajo el agua, manadas enromes de peces-perro de aquellos de los que Carlos hablaba non-stop, tiburones y arrecifes maravillosos de coral.
Frente a la fogata con cerveza en mano, Sufi nos confesó que M – que ya sabe hacer diving - era el alumno más aventajado que había tenido.